sábado, 5 de agosto de 2017

LA FOTO BORROSA

Aunque mi intención era escribir al día siguiente, he exprimido los dos días antes de que mi hermana se vaya de viaje para estar con ella. Me decía que tiene ganas de ver las fotos de nuestro viaje, pero nos falta la parte más pesada, que es la de seleccionar, así que le he dicho que ya las verá por aquí (que seguro que es más agradable que ver un montón de imágenes de golpe).

¿Qué os cuento de Bali? Bali no es para nosotros
No es nada malo, al contrario, seguro que nos lo agradecen los autóctonos porque un turista más y tienen que echar a alguien de la isla ;)

Como siempre, son muchos los factores que condicionan que un lugar te encante más o menos, en este caso, escogimos un destino cómodo para viajar con un bebé, y una vez allí nos abrumó tanta comodidad y tan poca autenticidad, o esa fue nuestra sensación. Pero vamos por partes:


El primer destino, donde pasamos dos días, fue Yogyakarta (Java, Indonesia). Nada más poner un pie en la ciudad, me recordó mucho a nuestro viaje a Birmania, a ciudades como Mandalay: muy concurrida, llena de vida, también bastante sucia... Pero, bueno, lo de la suciedad es todo un tema.
De los viajes que hemos ido haciendo por Asia, Japón es un mundo a parte, he observado, por contraste, que en Europa, y sé que es una generalización y una mera suposición, pero tengo la impresión de que los europeos limpiamos con un afán desinfectante, desincrustrante y desengrasante, lo queremos todo reluciente. Somos como el "Don Limpio" y la "prueba del algodón", que va pasando el algodoncito para comprobar que todo esté impoluto. En cambio, en Asia no parece ser tan importante, incluso un lugar tan cuidado como Bali, ni que sea porque gran parte de su población viven del turismo, barren con escobas que dejan la mitad de la suciedad en el suelo, pasan trapos secos para limpiar las mesas dejándolas un poco pringosillas, etc.
Y volviendo a lo que iba, Yogyakarta parece cubierta por una capa de tizne, de hollín, que da un colorcillo negruzco a suelos, paredes y edificios. Hace mucho calor, y esa sensación pegajosa que sientes en la piel, también la transmite la ciudad. Pero eso, a la vez, es lo que la hace viva e intensa. Y la gente es abierta, sociable y cercana; les brillan los ojos, tienen curiosidad, te miran, te hablan, pero no tratan de venderte nada.

Después de dos días de comer sentados en el suelo, de transitar por calles un tanto mugrientas, de respirar ese olor a guisos, a fruta, a gente... Volamos hacia Bali y llegamos al primer hotel: Chili Hotel, en la ciudad de Ubud, donde nos esperaba una villa de ensueño para los tres. En un contexto muy exótico, con su espectacular vegetación y sus estanques con peces y su piscina, nuestra villa constaba de una habitación muy confortable con una terracita con piscina propia, mini cocina y mega bañera (les sobra el agua, vale, ¿pero realmente hace falta disponer de dos piscinas y una bañera donde a los tres nos sobraba espacio?).

Una vez instalados, rápidamente salimos a investigar un poco la zona, y anduvimos bastante, en una especie de procesión, más preocupados por esquivar las innumerables motos y los puestos de souvenirs que disfrutando del paisaje (realmente era una tienda tras otra con exactamente los mismos productos), esperando encontrar una zona donde comer algo frecuentada por la gente de allí, no creada solo para guiris. Fue imposible. Volvimos agotados y bastante defraudados. No es que nuestras expectativas fuesen las de repetir una experiencia como la de Birmania o Camboya, es que nos sentimos en LLoret de Mar (entiéndase Lloret como pueblo masificado de guiris)...

Y después de ver que tampoco era necesario un destino tan cómodo para viajar con Juno, porque en Yogyakarta bien que nos apañamos divinamente, fue un pequeño bajón. Pero nada, visto lo visto, pensamos en disfrutar al máximo de lo que ofreciese el lugar.

Teníamos contratado un guía por tres días para que nos llevase a ver todos los puntos de interés, esa fue la segunda decepción, porque aunque Bali es tan exótica, exuberante y pintoresca que solo con eso ya es un regalo para la vista, Miguel había estado hablando con varios guías buscando alguno que nos explicase bien todas las visitas y que tuviera una formación en turismo o similar, y cuando pensaba que había dado con la persona adecuada, el chasco fue ver que no venía él sino alguien enviado en su nombre, bastante malo en su oficio, por cierto. De 8 de la mañana a 7 de la tarde nos fue llevando a los distintos puntos pactados sin mucho entusiasmo, más bien intentando que desistiéramos de visitar los más distantes, sin explicar prácticamente nada en cada lugar y menos aún durante las horas de camino. Si le preguntábamos por lo que fuese nos contestaba tan tan escuetamente o nos dábamos cuenta de que no sabía mucho de nada en realidad. Le dimos muchas vueltas sobre si continuar con el guía los dos días que nos quedaban, pero tampoco teníamos alternativas, así que nos lo tomamos como un servicio de taxi.

En Bali lo ideal es ir en moto, alquilar una y moverte por la isla tu rollo. Otra opción es coger un taxi, no son muy caros, además, te llevan, esperan, y te traen. Allí nadie suele usar cinturón de seguridad y para los niños no hay sillita, es frecuente ver niños subidos en motos entre dos adultos o cogidos al manillar.

Álbum de fotos de Yogyakarta
Comer en la calle, sobre una esterilla, rodeados de gente, de música, voces y buen ambiente.










Las fotografías de esta parte del viaje son borrosas, oscuras, movidas, apresuradas, desenfocadas (nada que ver con las postales de Bali). Aquí todo rezuma vida, calor y acción.

 Borobudur
Aquí se encuentra el monumento budista más grande del mundo








Prambanan
Templos hindús





Y hasta aquí explico de nuestra experiencia baliana, como entrante está bastante completo, creo. En la próxima entrada ya os enseño estos puntos de interés turístico que visitamos los 3 primeros días en Bali. Antes de despedirme quería hablar de la imagen que os dejé en la entrada anterior:

Ese día fuimos a hacer un trekking (una ruta, vaya) por una zona de arrozales, cuando llegamos, como no, estaba plagado de gente, sobretodo grupos con el típico guía con la banderilla. Para mí, fue la mejor excursión: por los paisajes, por ser al aire libre, por salir un poco del tándem templo-souvenir, etc. Pues teníamos un grupo delante, y sin pretender juzgar, hacían poco caso al paisaje y lo que sucedía a su alrededor, y mucho al posado frente a la cámara. Como os digo, cada cuál si no perjudica a nadie que haga lo que el plazca, pero me fijé porque estuvimos mucho rato tras ellos. 

Yo veía a la gente trabajando en lo arrozales y me estaba sintiendo mal de nuestro papel de "paparazzis", en realidad estaba encantadísima de poder verles trabajar, de ver algo de realidad por fin, pero éramos tres gotitas más añadiéndose a tantas y tantas otras y eso parecía las ramblas de Barcelona, por desgracia. En eso que llegamos a un chiringuito y veo a esos turistas tomándose los típicos zumos de frutas fresquitos, bien repantigados en los sofás, mientras los arrozaleros trabajaban partiéndose la espalda y sudando la gota negra. Y lo peor era la disposición del conjunto, la situación de unos (espectadores) frente a otros (monos de feria). Le dije a Miguel que tomara la foto, que quería capturar esta escena que tanto me recordaba al brutal álbum ilustrado El soldadito de plomo de plomo(Jörg Müller, Lóguez 2005).

Observando desde mi ángulo vi la eterna dicotomía primer-tercer mundo, occidente-oriente, que es sobretodo rico-pobre. El rico occidental que viaja a un lugar donde su moneda y su estatus suben como la espuma y mira a los aborígenes como el patrón de una fábrica observando a su empleados.
En fin, que no me gustó lo que vi.

Buenas noches.