sábado, 21 de octubre de 2017

UN MAL TRAGO EN EL PRIMER DÍA DE NATACIÓN DE JUNO

Son las 4 de la mañana y es sábado. Esta noche no estoy pegando ojo, y después de darle vueltas y vueltas a la cama, he decidido levantarme a escribir sobre lo que me tiene así de inquieta.

Ayer fue el primer día de piscina de Juno y tal vez de los más duros que he vivido como madre, emocionalmente muy doloroso. A ver si soy capaz de explicarme, porque es muy reciente, pero quiero plasmar mis sentimientos ahora y no vistos con la distancia que todo lo suaviza.

Este verano, cuando disfrutaba jugando a tirarse a la piscina

Desde bien bebé a Juno le ha encantado el agua, y este verano nos dejó bien claro que le entusiasma la piscina. También lo temeraria que es por no tenerle ningún miedo y debido al hecho de sobrevalorar sus propias capacidades (vaya que se tira sin pensar en si cubre, en si lleva manguitos... nada, ¡a lo loco!), así que dijimos de apuntarla a un cursillo de natación. En septiembre fui al centro deportivo, del que somos socios, esperando encontrar clases de natación para asistir Juno y yo juntas y me extrañó que a partir de los 2 años ya no existiera la posibilidad de que los niños fuesen acompañados por un referente. Lo que creí entender es que, aunque no nos bañásemos con ellos, sí estaríamos presentes. Pregunté más detalles y la recepcionista no me supo dar más explicaciones, me resigné a que era lo que había y pagué el trimestre tal y como estaba estipulado.

Seguramente, mi cabeza me jugó una mala pasada, porque no era capaz de imaginar lo que finalmente fue. Pensé que, sin estar a pie de piscina, estaríamos lo suficientemente cerca para que se sintieran seguros. ¡Qué ingenua y qué idiota!, la verdad. Con todas, la apunté un día a la semana en vez de dos porque las clases son a las 7 de la tarde, lo vi tarde para niños de 2 años durante otoño e invierno, y elegí los viernes, que así no iríamos con aquello de que al día siguiente hay que madrugar e iríamos más relajadas.

Como el primer día no pudimos ir porque a Juno le salieron unos granitos y creíamos que estaba con varicela, ayer, cuando llegamos, me acerqué a los padres de los niños más pequeños que vi y les pedí que me explicaran como funcionaba. Me miraron como si les estuviese preguntando algo raro, aunque fueron muy amables, realmente lo entiendo porque no había nada qué explicar: venía un monitor, se llevaba a tu hijo en un tren de esos que por suerte ya no hacemos en muchas escuelas, y tu podías verle desde fuera. Esa breve, pero aclaratoria explicación, ya me dejó muy preocupada. 

¿Cómo podía ser que mi hija, de dos años, que no conoce a nadie, ni el espacio, se vaya con desconocido y otros niños, igual de desconocidos, a un lugar tan imponente para un niño como es una piscina de competición?

Quise mantener la calma y sonreír para que Juno se sintiera segura, me dije a mí misma que ella tenía muchas ganas de venir a "piscina", que me vería desde donde fuese que yo podía estar... no encontraba argumentos para dejarla ir tranquila, pero hablé con ella los pocos minutos que quedaban antes de que la vinieran a buscar y le expliqué que iba a ir con un señor o señora (aún no lo sabía) y con otros niños y niñas (en su grupo había dos de su edad aproximada y los demás eran de 3 años). Aunque englobaban niños y niñas de 2 a 3 años, los que tratamos con personas de estas edades sabemos la gran diferencia que existe entre uno de dos y los que ya tienen los tres cumplidos, solo a nivel de lenguaje, para poderse explicar, ya suele ser considerable). 

Cuando vino la monitora, la vi entonces por primera vez, le dije que nos habíamos perdido la primera clase, pensando que me dejarían ir con ella, pero eso distaba mucho de como funcionan allí las cosas. No pude hablar nada, esa única frase, ni me preguntó su nombre, ni me dijo el suyo, solo se dirigió a Juno para que se cogiese del gorro del albornoz de una niña que iba la primera en una triste fila de 4 niños (lo de triste es por las caras); Juno instintivamente se apartó y se acabó de formar la fila con los demás. Viendo la prisa de la monitora y tratando de estar muy serena, le dije que se cogiera del gorro del último, ella no quería, lógicamente (yo como adulta tampoco hubiese querido de esa forma). La cogí en brazos y la monitora se fue con los otros niños.

No sé como lo vivieron los demás niños, yo solo podía ver la cara de susto de Juno, la más pequeña de todo el grupo. Ya había decidido que aquello no era lo que yo quería y, nada, perdido el dinero, pero que todo fuese eso. Pero Juno decía que quería ir a la piscina, llevaba días muy ilusionada con este momento, y pensé que esas ganas tal vez podían con todos los contras que ya había visto de entrada. 

"No quise entender que al decir que quería ir a piscina se refería a que yo fuese con ella"

Así que, volví al vestuario. Un monitor que se estaba llevando a los niños más mayores, al verla me dijo que ya se habían llevado a los de P2 y P3, pero le preguntó a Juno si se iba con él, yo le pregunté también y le informé que iba a la piscina (tratando de aferrarme a lo único que sabía que podía gustarle) y ella fue hacía el chico. Inmediatamente se fueron, sin tiempo a que se echara atrás. Yo me quedé en el vestuario de los cursillos, más allá de esa línea que era la puerta, no estaba permitido pasar: para acceder a la piscina desde allí tenías que atravesar el vestidor masculino, e igualmente no se podía pasar con ropa de calle, ni podías entrar a la piscina en horario de cursillo. Nada, que la dejé ir y yo solo podía verla desde fuera y aún no sabía que eso significaba voltear todo el centro, lo que no era poco.

Enseguida tuve un pálpito, porque conozco a Juno y a muchos niños de su edad, porque no dejaría que ningún niño de enfrentara a una situación de desprotección similar:  vestida con un bañador y una toalla y un gorro que le tapaba los oídos, ni de la mano, en una fila mezclada con otros niños, con alguien que ni había preguntado su nombre, que ni le había dedicado unos segundos para mirarla a la cara, que la llevaba a un lugar nuevo, inmenso a sus ojos, donde se uniría a muchos otros niños mayores, donde la dejarían sentada en un suelo húmedo a la espera de un turno... Me da una pena solo recordarlo...

No sé si estuvo allí 5 o 10 o 15 minutos, fueron los más angustiosos que he pasado en muchísimo tiempo, por la impotencia, por lo inaccesible que tenía a mi propia hija. Cuando Juno se fue con aquél monitor, me dirigí con mi madre y mi hermana (suerte que quisieron estar presentes en el primer día de piscina de su nieta y sobrina) a la zona desde donde podíamos mirar los familiares, el camino se me hizo eterno, realmente estaba lejos. Y cuando llegué me sentí peor, estábamos tan lejos que no conseguía verla: a los niños los tenían en un espacio contra la pared que tapaba una columna, y supongo que si Juno estaba llorando más oculta trataban de que estuviera, fue ver la escena y arrepentirme de haberla animado a irse, de haber consentido y causado, en parte, esa situación. Apenas se oía nada en claro, un barullo que no acertabas a saber si eran llantos, risas, voces... todo muy grotesco a mis ojos. 

Por suerte, tengo una hija con un par de pulmones y las cosas bien claras para su corta edad, porque entre toda esa amalgama de sonidos indescifrables que me estaba poniendo nerviosa, porque no la veía y no sabía si estaba bien, y tampoco podía saber si lloraba. Oí claramente sus gritos por encima de todo ese alboroto y ese fue el aviso: salí corriendo hacia recepción, impotente por las trabas que el propio edificio imponía, y pregunté como hacer para sacarla de allí. La recepcionista me dijo que hasta que no viniera un compañero no podía hacer nada y que yo no podía entrar, pero me debió ver la cara de desesperación porque enseguida fue. Mientras se iba le dije "se llama Juno" (¿es que nadie me iba a preguntar por el nombre de la persona más importante en esta historia?) y al ver que accedía por el vestuario de mujeres, yo fui hacia allí a esperarla (y más pensando que iba solo en bañador, suponía que no me la iban a sacar a la recepción así y yo la quería abrazar ya) y desde allí pude asomarme a la zona de la piscina (solo entonces me salté las prohibiciones).

No tardé en ver venir a la recepcionista con mi bolita de la mano, insegura porque no sabía si era o no, porque dudaba de si era niño o niña. Juno al verme no dejaba de mirar hacía todas partes, señalaba fuera y decía que con la yaya, estaba tan desubicada que no atinaba ni a venir hacia mi, la cogí y estaba temblando como una hoja, el corazón a mil, toda empapada. 

Qué mal me siento por dejar que pasara por este trance innecesario, porque quise no ser la típica madre sobreprotectora (maldita frase zumbadora), por culpa de pensar que si eso era lo que había lo debía aceptar, que no sería tan malo si tantos niños lo habían vivido, por tantos y tantos mensajes que las madres no paramos de escuchar. Pero en cuanto vi que mi hija no estaba bien me importaron poco todos esos argumentos, las miradas de los otros familiares un tanto estupefactos, traté de sacarla de allí lo antes posible (no salté a la piscina en bambas por no crear problemas). Aún así, pasé los minutos más angustiosos viendo tan difícil llevarme a mi hija que estaba ensordeciendo la piscina a gritos.

La vestí lo justo para salir de allí y estuvo media hora sin despegarse de mí, todo el genio que había mostrado antes de ir a piscina queriendo hacerlo todo "ella sola" se había esfumado, era un animalillo asustado.

Nos despedimos de mi madre y mi hermana en el coche, agradecí el apoyo moral que me supuso no enfrentarme sola a la situación, y ya en casa, las dos solas, se fue tranquilizando. Jugamos un rato, y mientras preparaba la cena, me dijo que quería ir a otra piscina, que a esa no, que quería ir a una piscina conmigo, que había llorado. Y eso haremos, buscar una opción más respetuosa para que aprender a desenvolverse en el agua sea un placer no un trauma, en un lugar donde los niños no sean ovejillas que conducir aquí o allá.

Sé que muchos niños pasan por esto y creo que es porque los adultos creemos que no pasa nada porque lloren los primeros días de... colegio, piscina, extraescolar, etc., etc. Porque nos cuesta tener la mirada de niño. Cuántas veces habré oído decir aquello de "oye, la vida es dura", "no pasa nada", supongo que se dice para quitarle hierro, para no ver realmente la dimensión de lo que está pasando desde la perspectiva del niño

En la escuela, el famoso período de adaptación, se pacta con las familias. Primero, se hace una entrevista personal con los padres para conocer tanto al niño o la niña como a sus padres y su entorno más próximo, con un formulario muy abierto y con muchas preguntas y aclaraciones. Se decide cuando va a empezar; el primer día siempre se les pide que estén todo el rato con el referente y el segundo que estén un rato, se despidan sin prisa, y lo dejen otro rato nada más. Es un proceso flexible, personalizado. Se hace de manera que no coincidan en su primer día más de dos niños para ser atendidos del modo más individualizado posible, la educadora trata de conocer a ese niño desde el primer momento y de acercarse a él del modo que cree más conveniente, en base a sus necesidades, a su carácter.

En este caso me hubiese conformado con un primer día yo presente... O algo que me hubiese dado confianza a mí y a Juno. También me equivocaba al exigir tan poco, ahora lo veo claro.

Yo, que defiendo esta manera de cuidar a la infancia: basada en el respeto, en la paciencia, en la empatía,... ¿¿cómo he podido pensar, aún confundida por como iba a ser realmente, que esta opción era buena para Juno?? Ayer me sentí muy culpable y aún me siento, porque si opino que el desconocimiento no siempre exime de culpas, ya ni te cuento el olerme el tinglado y tirar pálante... Que al menos me sirva de aprendizaje.

Si habéis tenido la paciencia de leer esto, lo escribo también para que dejemos de conformarnos con lo que hay y exijamos algo mejor para nuestros hijos.