viernes, 15 de diciembre de 2017

GENTE BONITA

Por las mañanas conduzco en silencio hacia la escuela mientras Juno duerme detrás en su sillita. Antes, cada mañana escuchaba Hoy Empieza Todo de Radio3, y cantaba mis canciones favoritas mientras me acababa de espabilar de camino al trabajo. Desde que Juno viaja conmigo, he cambiado la música por pensamientos, tampoco está tan mal... En un par de trayectos matutinos preparé la reunión de familias, y para organizar las ideas, tomar decisiones, etc. va genial, diría que para mí es terapéutico conducir en silencio.


Esta mañana estaba pensando en las personas que te hacen la vida más agradable, que te hacen feliz, que te roban una sonrisa... Tanto la gente que forma parte de tu vida de un modo más o menos permanente, que agradeces que existan y tenerles bien cerquita. Como aquellas otras, las que se cruzan en tu camino de manera fugaz, de quienes tal vez jamás llegues a saber ni sus nombres: la camarera de aquél bar de un pueblo de paso en el que paramos a desayunar y fue especialmente atenta con nosotros. O, sin ir más lejos, la dependienta de la panadería donde por las mañanas a veces compro el pan y siempre tiene una palabra amable en la boca.

Hay personas con las que acabas compartiendo muchas horas del día: los compañeros de trabajo. Algunos de los cuales, tienen el don de hacerte sentir a gusto y querido, y alcanzas tal grado de complicidad con ellos, que basta con una mirada para entenderte. Estos pocos escogidos llegan a ser muy importantes en tu vida. Verdaderos amigos. A lo largo de los años he tenido compañeras y compañeros de trabajo con los que he tejido una afinidad especial, que han convertido el trabajo en algo muy llevadero, o ahora que trabajo en lo que me encanta, diría que le han añadido un aliciente.

También está el vecino que te hace sentir en casa, en tu barrio, que te da esa seguridad que siempre ofrece lo conocido. El que te llama por tu nombre, el que te aguanta la puerta si te ve llegar, el que te ayuda cuando vas cargada, etc.

Después, están esas personas que se cruzan en tu camino en un momento puntual, con las que coincides un día o dos o tres... y, simplemente, te hacen feliz. Y dejan una huella, lo que te lleva a recordarlas con mucho cariño. Sobretodo, me viene en mente la cantidad de gente bonita que he conocido viajando, porque el hecho de haberles tratado me ha aportado muchísimo, y han marcado significativamente esa experiencia.

Recuerdo una pareja de Madrid que conocimos en Turquía; encantadores. Tuve la sensación de estar con viejos amigos los días que coincidimos. Otra pareja, en este caso portugueses, Bruno y Simona, con ellos pasamos un par de días en el desierto de Marruecos. Una noche, estábamos los cuatro tumbados en la arena mientras el resto bailaban: fue muy agradable compartir ese instante, allí, sin necesidad de decirnos nada... Todo lo contrario me sucedió con mis segundos madrileños, Sílvia y Borja, con ellos coincidimos en un trekking por Birmania, y nos faltaban horas para contarnos y preguntarnos; fantásticos. Aunque, para persona preciosa con la que me he cruzado en mi vida, Camilo. Nos unió compartir un taxi en un pueblito birmano e hicimos por seguir coincidiendo y hablando y hablando... No lo puedo evitar, me fascina la gente con buena conversación y con él nunca se acababan los temas.

La lista es mucho más larga, por supuesto. Lo que más me asombra son las situaciones, las casualidades que ponen a unas personas u otras en tu camino, como algunas desaparecen y otras resisten, incluso algunas se retoman después de un parón de años. De la gente especial que he ido conociendo, aún hay con quien, a pesar de la distancia o de la vida, que te lleva a relacionarte en el día a día con personas cercanas y te aleja de otras, las dichosas circunstancias, mantenemos el contacto y no hacemos pereza por vernos.

Mientras cavilaba todo esto, miraba el cielo de Barcelona que despierta últimamente con una variedad de colores y matices increíbles, y resulta que es debido a la contaminación, pues qué rabia. Pensaba también en lo importantes que somos los unos para los otros, cómo nos afectamos y nos influimos mutuamente las personas, y en que ojalá también yo contribuya a suscitar felicidad en alguna persona que se cruce en mi camino.

Ayer, más a menos a esta hora, escribía estas palabras. Pero entonces Juno empezó a toser, se despertó y me acosté junto a ella para calmarla. Ayer, también, vinieron dos profesionales de la gestión emocional a darnos un curso sobre estrés en el trabajo, ya os contaré. De momento, cada día respiraré conscientemente 5 minutos para entrenar este hábito de control mental y estar más relajada y feliz, casi nada, ¿eh?

Feliz noche.