sábado, 23 de septiembre de 2017

VERANO DEL OCHENTA Y ALGO

El otro día leí un breve artículo de Cultura inquieta titulado Verano de 1987, cuando los veranos eran veranos de verdad y me llevó de inmediato a mi verano de más o menos ese año. Por un momento sentí el olor del párquing de la calle de apartamentos en el que nos escondíamos jugando a bote, bote, la mercromina en las rodillas solladas de los porrazos durante las carreras sin freno, la tenue luz del apartamento de mis tíos, el cajón en el que guardaban un parchís y un par de barajas de cartas, las flores secas en el jarrón de la entrada, los sombreros de paja colgados de la pared... Recuerdos sueltos y fugaces que me cuesta hilvanar. Yo tendría 9 o 10 años, como durante toda mi infancia, sería demasiado flaca, demasiado vergonzosa y demasiado sin gracia, y además lo sabia.  


Mi tía me había regalado unas sandalias amarillas atadas al tobillo y tal vez un bañador, que ya no usaba, era una época de pocos excesos y cualquier regalo lo recibía como el no va más. En la típica tienda de souvenirs cercana al paseo marítimo habíamos comprado pendientes de mariquitas para mi prima, seis años más pequeña, y para mí, una vez incluso creo que nos llegaron a comprar una colchoneta, pero no lo sé del cierto. No existen fotografías mías de esos veranos en el apartamento y siento que poco a poco se van desvaneciendo en mi memoria. Me quedan unos cuantos, como el bar de enfrente donde solíamos comer pollo a l'ast cuando éramos demasiados, los vendedores de helados a pie de playa, el capitán cola, los popeye de naranja y de limón y los minimilk de leche y cacao, los sandwich de nocilla con los bordes cortados... Tuve una muñeca recortable llamada Irene, rubia con corte bob, y un librito de datos curiosos que traté de memorizar. Ah, y el insufrible cuaderno de verano que te ponía la escuela como deberes y que acaba rellenando a toda prisa la última semana antes de iniciar las clases: operaciones matemáticas, ejercicios de lengua y geografía... ¿A quién le importa eso en verano?


Los veranos en la playa eran lo mejor de lo mejor: levantarse por la mañana y pasar el día jugando bajo los toldos, a saltar las olas, a buscar bolitas en la arena... Ducharse con el agua helada del cuartito junto al párquing, comer y dejar pasar el tiempo jugando con los pocos juegos de los que disponíamos, ¡la hora-hora y media de reposo antes de mojarse era sagrada! Y esperar a que llegase  el momento de salir a jugar y encontrarme con Vicky (a la que en septiembre escribiría unas cartas muy chorras, porque no tenía nada interesante qué contar, y pondría en el sobre Vichy jejejee) y Sara, mi tocaya. Las dos me parecían las personas más interesantes del mundo, eran mis mejores amigas de veraneo, aunque ellas se conocieron antes y yo era la "nueva", enseguida encajamos a la perfección las tres. Recuerdo vagamente el apartamento en el que se hospedaba Vicky, en un piso alto, creo que estaba con su tío y su abuela, y la enorme terraza del apartamento donde veraneaba Sara, con sus abuelos. Y a Sara escribiendo cartas en papeles muy bonitos, aunque seguramente, rematadamente cursis...

Jugábamos a sobre, sobre con los niños del vecindario; entonces con un ¿se puede? cualquier niño o niña era bien recibido e integrado al grupo. Merodeábamos por los campos cercanos, inventábamos historias sobre la casa abandonada que se podía ver desde el patio de atrás de la manzana de apartamentos... Sara me hacía mucha gracia con su tendencia a repetir qué majica. ¡Qué pocas preocupaciones tenía por aquél entonces! Desconectaba de todo y de todos, mi hermana ya habría nacido, mis padres se quedaban en casa, no los echaba de menos ni un poco de lo fascinante que era para mi ese mundo a parte.

Incluso mi tío, que estaba allí en cuerpo presente, para mí era un cogote sentado frente a la orilla leyendo el As o el Marca, en la típica silla de tiras de plástico, y el que nos daba el tostón con la vuelta ciclista, que parecía ser lo único que echaban por la tele.