lunes, 23 de abril de 2018

REINTERPRETAR LA INFANCIA

Este mes de abril, profesionalmente, me ha removido mucho, me ha removido más, si cabe. Con la excusa de preparar mi taller sobre el papel del adulto revisé muchas reflexiones que había ido dejando por escrito, muchas experiencias que me habían impactado, varias lecturas que en su momento fueron como chispas que encendieron distintos fuegos internos. Entendí la necesidad de releer, de revisar, para seguir creciendo, porque cada vez partimos de un punto distinto, siempre vamos un poco más allá, y los pensamientos que se extraen de los viejos o nuevos referentes tienden a ir evolucionando conforme vamos andando, avanzando, por el camino de nuestro propio crecimiento personal y profesional.

La predisposición con la que asistimos a una formación, escuchamos a un ponente o leemos un artículo, por poner algunos ejemplos, influye en gran medida en su capacidad de sacudirnos y transformar nuestros patrones de pensamiento y acción, eso ya lo sabemos. Hay quien es especialmente permeable y quien tiene una pequeña coraza resistente al cambio que no penetra ni el discurso más transgresor. Pero ayer, tuve la sensación de que el mensaje que se transmitió a través de la jornada llegó a los asistentes, no sé si a las 300 personas que nos acompañaron en este día especialísimo, pero sí a una inmensa mayoría (en vista de los comentarios que hemos ido recibiendo).


DOCUMENTAR, UN PROCESO COLECTIVO PARA REINTERPRETAR LA INFANCIA
(Jornada de Educación Infantil. Rosa Sensat. Barcelona)







Para mí fue una jornada peligrosamente decisiva, inquietante, culminante. Todos esos cabos sueltos con los que había estado jugando estos últimos días, sobretodo las preguntas y las dudas a las que andaba dándole vueltas, encontraron conectores, no respuestas, sino más cuerda de la que seguir tirando. Salí con ganas de luchar por cambiar de una vez la imagen social de infancia

LA CULTURA DE INFANCIA NECESITA SER REVISADA 
no lo podemos decir más alto, pero necesitamos ser más voces gritándolo

No quiero caer en el desencanto que me produce el autoengaño, basta ya de redactar documentos que poco o nada tienen que ver con la realidad que se vive en las escuelas, de repetir mantras sin sentido ¿vamos a ser capaces de una vez de ser sinceros, honestos y coherentes? ¿Cuándo nos atreveremos a hacer lo que decimos que hacemos?

LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA NO PUEDEN SER POLOS OPUESTOS, 
NI SIQUIERA PUEDEN DISTAR UN POCO: HAN DE SER UN TODO

No es algo nuevo, de hecho es un pensamiento recurrente, creo que bastante extendido. A mí cada vez me genera más dolor de estómago. Que no exista una coherencia (indispensable) entre la teoría y la práctica, entre lo que decimos y escribimos y lo que realmente hacemos, debería preocuparnos. Yo hay días que me digo: chica dedícate a otra cosa, has echado por tierra todo lo que defiendes, todo en lo que crees. Nadar contracorriente es agotador, pero no es una excusa, después de un mal día siempre hay que mirar al futuro con propósitos de mejora. 

La teoría, que en principio es un proceso de reflexión colectivo, una declaración de intenciones, un reflejar sobre el papel lo que se respira en el aula, etc., no puede ser como un trabajo de carrera en el que cuidas la forma (porque es lo único que conoces en ese momento) para ser bien evaluado.

Tal vez deberíamos volver a revisar nuestro concepto de infancia, ver si todo lo que vamos construyendo se tambalea debido a que falla la base. No es muy absurdo afirmar que cuando se trata de poner por escrito existe una tendencia generalizada a repetir los mismos conceptos, la retahíla de adjetivos que hemos leído en libros de educación; palabras copiadas y pocas veces reflexionadas. Si no fuese así, no nos delatarían los actos, como tan a menudo lo hacen. Si nuestra concepción de infancia no fuese, con frecuencia, más que una apropiación de frases que suenan bien, nada de lo que he escrito ahora tendría sentido.

Muchas veces, más de las que admitimos, no nos damos cuenta (o no queremos hacerlo) de que esa imagen de infancia que hemos dibujado no es real, si nuestra máxima preocupación es que los niños estén sentados, callados, hagan caso, escuchen al adulto, se interesen todos a la vez por las mismas cosas, y dancen al son que les marcamos a lo largo de la jornada escolar.

Y, por favor, no nos engañemos con un "estaban todos tan atentos", "es que les gusta mucho"... Acostumbramos (¿adoctrinamos?) a los niños a que el adulto dirige y decide qué, cómo y cuándo, así que ya no les sorprende que mientras ellos están creando un juego cargado de significado, con los compañeros que han elegido, de forma espontánea y libre, el adulto alce la voz para detener el mundo y exigir que todos le presten atención. Y los niños, como buenos operarios del trabajo-escuela se sientan como les han enseñado, callan y miran (si escuchan o no tampoco parece importar demasiado). ¿No les estaremos enseñando a ser sumisos? Vaya barbaridad acabo de decir, ¿eh?

Placer, emoción e interés genuino son, demasiadas veces, substituidos por resignación, obediencia y apatía. Siento que hay esperanza cuando ante una situación así algún/a "rebelde" tiene el coraje de revelarse y sabotear la "actividad".

Me preocupa que el maestro se esté creyendo sus propias mentiras, y esté convencido, aún actuando de la forma que acabo de describir, que lo hace en consonancia con una imagen de infancia capaz y competente.

Si el adulto no se cuestiona sus prácticas educativas, si no cree que todo es mejorable, no se exigirá más, no deseará cambiar. Por el contrario, seguirá plantando el culo en su comodidad inamovible.

Las personas que tenemos un elevado nivel de autoexigencia siempre vemos que lo que hacíamos "antes" era mejorable, y no me refiero a aquello que hacíamos hace diez años, no hace falta exagerar el tiempo para sentirnos mejor, es necesario tener la humildad de confesar que incluso algo que has hecho hoy no ha sido demasiado acertado. Que después de reflexionar sobre algunos aspectos y rectificar y buscar una manera respetuosa y coherente de actuar, puedes caer de nuevo en la inercia que las circunstancias, tus vivencias, tus creencias (estas son duras de pelar), o véte a saber qué, te contagian y te arrastran al lado oscuro, y de nuevo debes revisar tus valores. Si no te engañas dejarás de buscar excusas y culpables, asumirás que reinterpretar la cultura de infancia empieza por ti mismo.

Tengo ganas de una escuela en la que el maestro calle y sea el niño quien tenga la palabra 
Una escuela que no segmente ni encapsule 
Una escuela en la que todo fluya, las personas, el tiempo, las sinergias, las relaciones 
Una escuela donde estar tranquila y relajada 
Una escuela que incluya a las familias de verdad 
Una escuela que no detenga las dinámicas espontáneas para imponer una rutina totalmente sinsentido y descontextualizada como es hacer "el bon dia" 
Una escuela humilde, que reconozca sus puntos fuertes y débiles, que no se regodee en la autocomplacencia  
Una escuela donde los errores se vivan sin fustigarse, sin tener que pedir continuamente disculpas, donde el error no comporte un castigo, sino que sea el impulso para la autocrítica y la reflexión y el cambio 
Una escuela donde las personas tengamos tiempo de hablar, hablar de verdad, sin tapujos, sin máscaras 
Una escuela pequeña pero grande 
Una escuela que no decore sino que cree ambientes para vivir 
Una escuela donde vivir